SEVILLA: Morante desata el delirio en la Maestranza y firma una tarde eterna
- German Jimenez Andreu
- hace 2 días
- 3 Min. de lectura

La tarde del 16 de abril en la Plaza de Toros de la Maestranza ya pertenece a ese territorio intangible donde habita lo irrepetible. Allí, en el corazón de la Feria de Abril de Sevilla, Morante de la Puebla firmó una de esas obras que desbordan cualquier lógica, que escapan al análisis frío y que solo pueden explicarse desde la emoción.
El genio de La Puebla no dio simplemente una gran tarde: dinamitó la Maestranza. Y lo hizo desde el compromiso absoluto, desde un estado de inspiración tan desbordante como incontrolable. Entender a Morante es, en efecto, como querer ver a Dios: imposible de explicar, inevitable de sentir. Cuando aparece, te atrapa. Y cuando crees haberlo visto todo, vuelve y se supera.
Fue en el cuarto cuando el tiempo se detuvo. El toro de Álvaro Núñez, noble y con calidad, quedó reducido a un actor secundario ante el vendaval creativo del torero. Antes, ya en el recibo capotero, Morante había dejado claro que aquello iba a romper cualquier molde: lances que no eran simples verónicas, sino auténticos choques de emoción, encuentros violentos entre el arte y el instinto. Cada lance, una explosión.
Pero lo inesperado llegó después. En un gesto que desató la locura colectiva, pidió los palos. Sevilla no daba crédito. La música sonó y la plaza se vino abajo. Tres pares de banderillas, cada uno con un sello distinto, con una personalidad arrebatadora. El tercero, con la silla, fue ya la consagración del delirio. No era solo ejecutar la suerte: era convertirla en un acto artístico total.
La faena de muleta, iniciada también con la silla, fue la puerta definitiva a su universo. Un universo sin normas, sin patrón, donde el toreo fluye como un torrente imposible de contener. Hubo un pase en redondo que rompió todos los esquemas, una suerte de revelación que dejó a la plaza suspendida en el asombro. Morante toreaba y, al mismo tiempo, parecía buscarse a sí mismo en cada muletazo, como si ni él supiera hasta dónde podía llegar.
Y entonces llegaron los naturales. ¿Cómo contarlos? ¿Cómo traducir en palabras lo que allí sucedió? Fueron muletazos de una dimensión superior, de una lentitud y una profundidad que desgarraban por dentro. La plaza, entregada, apenas podía reaccionar. No cabía una emoción más. Era el límite.
La espada no quiso entrar a la primera, pero ya daba igual. El público estaba exhausto, rendido, con el alma tomada. Las dos vueltas al ruedo supieron a clamor, a reconocimiento de una obra que trascendía los trofeos. Sevilla había sido testigo de algo distinto.
Antes, Juan Ortega había dejado momentos de enorme belleza, especialmente frente al segundo, un toro con calidad por el pitón derecho con el que el sevillano dibujó verónicas lentas y una faena de gran gusto, aunque irregular por las condiciones del animal. Hubo muletazos de gran cadencia, destellos de su toreo tan personal, pero la espada enfrió el ambiente.
Por su parte, Víctor Hernández volvió a mostrar su concepto firme y comprometido. Cortó una oreja del tercero tras una labor de entrega total ante un toro que iba y venía, y dejó una actuación seria también frente al sexto, siempre buscando exprimir al máximo las embestidas.
Pero nada podía eclipsar lo ocurrido con Morante. La plaza, consciente de que no se iba andando, lo sacó en hombros por la Puerta del Príncipe, en una explosión colectiva de emociones que desbordó cualquier lógica reglamentaria. No hicieron falta más trofeos: imperó el sentimiento, el latido común de una afición rendida.
Morante ya no es solo un torero en racha. Es otra cosa. Es leyenda viva. Un artista capaz de despedazarte por dentro y, al mismo tiempo, darte sentido como aficionado. Lo del 16 de abril no fue una tarde más en Sevilla. Fue una de esas fechas que quedan grabadas para siempre. Porque hay días en los que el toreo se explica solo. Y ayer, en la Maestranza, se explicó a través de Morante.
Ficha del festejo
Sevilla. Feria de Abril. Sexta de abono. Lleno de «No hay billetes». Se lidiaron toros de Álvaro Núñez. El 1º, deslucido; 2º, repetidor y y noble por el derecho; 3º, va y viene; 4º, noble y con calidad; 5º, deslucido; 6º, manejable.
Morante de la Puebla, de tabaco y oro, estocada (silencio); pinchazo, media , dos descabellos (dos vueltas al ruedo).
Juan Ortega, de pistacho y oro, estocada baja (saludos tras petición); estocada (silencio).
Víctor Hernández, de corinto y oro, aviso, estocada (oreja): estocada (saludos).






